Parar y callar nos salva cuando es tarde
y aún queremos hacer de lo vivido
una ganancia. Como si fuese poco
vivir cada instante, como si se hubiese
disuelto la alianza secreta de la respiración
derrotada por la ansiedad de los ojos
o la torpeza del corazón. Pero jamás
ocurrió nada que no ocurra ahora.
Varios días sin sol son también
una luz deslumbrante que te llama
y te zarandea, golpeándote sin piedad
con sus plumas y con sus piedras. Y el sol
tampoco, oscuro y avaro, no desmentirá
nunca con su luz esta ceguera compartida,
esta que hasta los ángeles padecen cuando
en sus etéreas y esbeltas formas de existencia
suponen tener el alma llena
de la vida más real. Esa vida es, justamente,
una casualidad como otra cualquiera, un hecho,
un rendimiento, una ilusión, el decorado
de los títeres, el pan
mojado en el agua.