
Algo de la madera, algo de la piel, algo de lo que
en cada acto de percepción se descarta para
condensar en una forma algo que otros puedan
sentir como vida. Esa negación involuntaria
en la que somos fieles a lo que nos consume.
No veas el alma, mira el cuerpo. No mires
el cuerpo, mira la imagen. No mires la imagen,
mira la cámara. Mira lo que en esta herencia
se despeña por el precipicio de la experiencia
doble. Mira el cuerpo, mira la mirada, mira
la marea, la avalancha de copias perfectas
que reclaman el reconocimiento de su legítima
autenticidad. Mira el cojo que se ríe cuando
te dice que la fiesta en su época no era
la fiesta de las imágenes ni la de los cuerpos.
No necesita el reconocimiento de su debilidad,
ni la comprensión de sus palabras, ni las solemnes
disculpas de los maestros de la culpa.
El nuevo mundo solo está en las piedras.
No es la danza cuando ocurre, sino la inmovilidad
que fraguan los movimientos porque
desde que comienzan
ya se están parando. Ya todo lo paran igual
que cada palabra se pronuncia desde el principio
ya callando. Ya siempre es una más
de las últimas palabras.
Nadie gozará ya de la libertad de caminar
por un sendero más viejo que la muerte. Contemplarás
una humareda de leyes ardiendo
hasta que el tiempo deje de dañar
lo que arrastró a sus dominios.