
Nadie entiende la razón que explica
la necesidad de que muera lo poco
que logra vivir. No es que el tiempo pase
sino que llega la hora en la que cambiar
es desaparecer y no se entiende
que ocurra lo que nadie en el fondo
puede aceptar. Una justicia universal
lo impregna todo y otras cosas nacen. Sí,
pero con el mismo destino y las mismas preguntas,
para volver una y otra vez a encontrarse ante
las mismas puertas, la misma nada. Qué diferencia
hay entre ser lo mismo y acabar en lo mismo, qué
necesidad de nada nuevo si siempre vuelve
una y otra vez a suplicar la misma salvación
lo que de ningún modo puede salvarse. Qué dios débil
dio por válida esta ley oscura que en el fondo
es pura indiferencia, simple desidia. Qué fallo
hemos de excusar los vivientes el día antes
de irnos para poder decir adiós con sentido
si las últimas palabras no heredan nada
del primer abrazo, si el grito de amar
se enredó como un torpe eco hechizado
entre tenues remolinos de luz. No hay despedida
si no hubo encuentro y como en nada se distingue
el consuelo del agravio no hay tampoco que agradecer
la visión póstuma de lo que pudo ser. Y sin embargo
las estaciones, el clima, las piedras, las noches,
el tiempo… Poco pasó y poco pasará, pero entre
aquellos escalones y aquel camino todos viviremos
al menos una vez algo que no se puede situar
entre dos momentos, allí algo ocurre sin que quede
entre el delirio de dos extremos. Allí llegué,
allí me vi, allí fui el pájaro que me observaba
desde las ramas. Allí en silencio, allí sin ti,
por primera vez en el mundo sin ti. Allí la flor
de la existencia nunca se cierra, allí
donde nunca pasa nada.