
Antes de tener nombre
lo éramos todo. Antes de que la voz
ordenase lo que ocurre y fingiese ser
una calma duradera. Antes de que la paz
de cada latido extendiese
su gran meseta allí
donde la verdad coincide
con la vida. Donde los inviernos
no lograban ser más que un vago recuerdo
de fríos pasados.
Todo lo que comemos
pesa, es una materia evidente, fuerza,
escarcha y luz, aire. Vapor salino,
una leve brisa sebácea, como la resonancia
olorosa de una raíz repleta de nutrientes
que al apretarse contra sí misma
bombea toda su propia realidad
en la rama ajena. Todo lo abraza y solo así
le es posible regalarse ese abismo puro
en el que vivir es la única solución. Ese fondo
del recipiente vacío que halla en su exterior
la vibración de otro fondo vacío. Esa nada común
es el rayo que atraviesa todas las membranas
y todas las paredes. Eso único que rompe
otra nada mayor. La desintegra y la pulveriza,
a esa nada entera. Y de repente sin querer
las palabras de tu boca son huellas en la arena
y todo lo que ves te hace imaginar un corazón sin forma,
una locura que no tiene nombre. Y eso te abre los ojos,
y te hace ver más. Porque los ojos te hacen amar
y el amor te hace ver, todo junto, tan definitivamente ya
que nadie puede pararlo.
Las ruinas son
el aleteo del tiempo. Y ya caminas
por donde los siglos son
como las calles
que en el centro se estrechan. Antes
de que el sentido agote las fuerzas,
sin que sepamos que nada
vuela ya hacia el aire por el que las ramas
se extienden. Y ellas tampoco lo saben,
nunca lo saben.