Verdad es lo que se sostiene indemne sobre los restos
del aire que pasa bajo la puerta. Es por esencia escaso
el espacio de lo sobrenatural, hasta un milagro
puede ser una cárcel. Ser amados no es nada
cuando la verdad desciende a los terrenos
de lo previsible. Ahí la alegría
es como una mota de polvo en el oscuro
desván de lo vivo. Ahí el agua
que se convierte en vino es poca
porque no hay celebración ya que eleve
nuestras almas por encima del olvido. Y
duele dormir juntos ya sobre estas
mesetas paralelas de tiempo,
solo pudiendo salvar lo que oculta
una salvación más grande. Poco podemos vivir
porque lo que uno desea no es tener cuerpo
sino arrodillarse ante el cuerpo cegador
que nos disuelva en el cielo de su lejanía. Poco,
porque hay una forma de vida que está
más allá de todos los milagros. Un caleidoscopio negro.
Un holograma vacío que en la soberanía de su ausente forma
adopta todas las imágenes. Todo lo que pudimos vivir,
todo lo vivible, sin excepción, por un alma
como la nuestra. Es poco milagro despertar así
cuando tus silencios nocturnos callan todos los idiomas,
cuando hay mundo oculto cuyos climas extraños son como joyas
de temperatura y humedad. Allí tu alma es la nitidez irremediable
que me hunde en los pozos de una claridad cruel. Cuando al ver algo
en ello se ve otra cosa, y otra dentro, y otra dentro de lo que
se ve dentro. Esa lejanía es el amor sin límites
al que nadie puede llamar amor. ¿Cuándo entenderemos
ese mensaje? ¿Cuándo estarán listos nuestros corazones
para lo que sea más que un latido? Más que la sangre
cuyo color se distingue sobre un mismo fondo de sombras
en la casa de Mitra. Flota en los túneles el aroma
metálico de la piel intacta de los mártires, como una
armadura radiante, como el cuerpo de lo que no puede sentirse.
Cada centímetro de ese laberinto es un palacio deshabitado,
un hueco que intuye algo que jamás fue creado, la sed del agua
que nunca brotó de las fuentes del mundo. Basta que los cuerpos
ejerzan su pequeño poder y decaigan para que desde este punto
sea visible toda la fragilidad de las cosas. Nunca los cambios
reflejaron en verdad nada del alma. Se agotaron las promesas
en los jardines de nuestra imaginación. Los frutos
se desprendieron solos sin que hubiese una boca
para apreciar su dulzor. Seguían esperando
un pueblo al que alimentar. Hasta que el árbol
dio frutos amargos cuyas semillas de plomo
se incrustaron para siempre en el corazón de la tierra.