La lejanía de los fines últimos en el día a día: nos levantamos, pensamos lo que tenemos que hacer a corto plazo, […] casi nunca nos paramos a pensar qué queremos. Improvisamos nuestros deseos y hasta nuestros ideales, que surgen de lo más próximo y, por eso, no nos llevan más que de vuelta a lo más próximo. Eso es la tristeza de lo cotidiano.

Sentimos miedo o vergüenza si por un momento nos paramos a pensar cómo nos gustaría vivir de verdad. A veces somos incapaces de imaginar una felicidad diferente a la que nos sugieren las cosas cercanas. Así nos encontramos atados al mundo. Así la fuerza de nuestro deseo solo nos sirve para encontrar la forma de conseguir lo que queremos, no para querer por encima de la tristeza de lo cotidiano.