Los delfines del estanque. Los ojos que miran hacia adentro. Gloriosa. Tantos años bisiestos, dones venidos a menos. Hay un lenguaje que ya está usado, una piedra ya lanzada, una vida que viene vivida de antemano. Y quien intenta encontrar su lugar en el mundo no hace más que cavar su propia tumba.

Sólo puedo tener en común con alguien lo que no existe.

El amor no es una representación, no es un acceso a un lugar, sino más bien una apertura, una salida: la cuestión no es vivir la vida, es crearla, llevarla a ser algo que está más allá de la vida.

Son las fuerzas atrapadas. Unas desembocan en el mundo, otras aspiran a salir de él y no son capaces de ser convincentes cuando dicen «no entréis aquí, no hay nada». Y no quieren quedar aquí para explicarlo.

Hoy. Como si ese lugar hubiese comenzado a llamarse de verdad, definitivamente, El largo adiós. Antes había gente que venía siempre. Me han fallado, pues estaba seguro de que eran eternos. Postrados en sus ideas. ¿Cómo puede buscar la igualdad quien busca el más allá? Si en tu abrazo hubiera tanta soledad como en el mío. Pero no eras tú la que faltaba allí, era el padre, la madre cuyos cuerpos también tenían la capacidad de beber. ¿No habría sido eso más ese tú a tú que también es un yo a yo? El peso de ese orden que es mayor que el del amor que apunta a la existencia de un compromiso humano que va más allá del orden de la vida y de la muerte. Una cadena que comienza y que resulta tan difícil de parar. Maldita mi estirpe. Terminar como un borracho cualquiera carente de lucidez y acierto. Como un espantajo cualquiera, falto de intensidad y de afecto. En el Moncloa, solo. El verso más importante: la carne que sobra. Pues ya no soy más que esa oscura sensación de persistir.