Así se veía el Barón Hauphöffer: «Un hombre desdichado, un desperdicio, una mentira latente, no soy más que eso». Y quienes creían que aquella forma de expresarse reflejaba la desdicha de tanta riqueza innecesaria acertaban, pero ignoraban que en el fondo de aquellas palabras había algo más que amores perdidos y besos ardiendo en el fondo del olvido. El pasado irrepetible no era el del amor, sino el de la mirada que lo posibilitaba, que no era una mirada dirigida hacia la persona amada, sino hacia el mundo y las cosas. Esa mirada era lo único que llenaba de fuerza su carne: el poder hablar de cada cosa como si fuese la culminación absoluta de la creación. Decía seguir a Leibniz cuando afirmaba que cada cosa era una perspectiva a través de la que se veía el mundo entero. Y sus amantes efectivamente sentían no sólo como su cuerpo condensaba el mundo entero, sino como las cosas alrededor formaban una gran danza de la cual el cuerpo sería la orquesta. Entiéndase, no se trataba de una cuestión física, sino de una energía invisible que no podía describirse como fuerza, sino más bien como coherencia, como la intuición directa de la misma armonía universal leibniziana. Pero ahora, no era más que un hombre vuelto hacia sus ruinas, un desperdicio, una mentira latente. Ni cuando el reverendo Marton intentaba penetrar en esa terrible dejadez el se permitía el alivio de ninguna religión: «Es tan inhumano ese camino, padre, y al fin y al cabo no viene sino a decir que este mundo no es un cobijo, no es la tierra del hombre, sino un lugar de paso. De nada vale entonces entender nada como signo de nada, mira las palabras que raramente transportan más que medias verdades, mira la risa siempre tan fácil y abstracta que no parece más que por desesperación pertenecer al reino de la vida, nada tiene esencia, padre». Y el reverendo le respondía: «La belleza mundana no es más que el signo de una morada perfecta superior, una imagen borrosa del paraíso. Estamos vivos, barón, y no es la vida algo propio de ningún ser sin esencia, al contrario». Y así discurrían las horas, hasta que llegaba la noche y se despedían. No puede decirse que no se entendiesen, pues se despedían cargados de la misma sensación de incomprensión y de algo más importante: de una sensación de tiempo que jamás ninguno de los dos percibió con semejante contundencia y nitidez. Era un tiempo sólido que fluía en grandes bloques, no era el tiempo que se nos escapa sin darnos cuenta. Cada tarde era un bloque inmenso de tiempo, palpable, pesado, eterno, lento hasta el absoluto, que día tras día daba la impresión de sumarse como se suman las piedras de una pirámide egipcia.

Villa Malaparte

Quién iba a decir, que siglos después alguien lejanamente emparentado con el barón iba a sumirse en un estado similar de desencanto en la Villa Malaparte: «Este es un horizonte artificial, una casa hecha de deseo vacío, de metafísica que muestra la nada atravesada de gestos banales, o un conjunto de gestos banales atravesados por la nada». La película se llevaba grabando dos días allí. Había bailarines que practicaban todo el rato coreografías en la gran rampa escalonada del tejado. Aquellos movimientos que aspiraban a tener una dimensión estética o expresiva se confundían con los movimientos del mal y la vegetación. Movimientos que se repetían en una especie de colapso, de residuo marginal tras un proceso de sincronización monstruoso en el que todos los movimientos profundos quedaban sumidos en una especie de avalancha invisible. Esa avalancha era lo que arrastraba las vidas. «Se repite tan absurdamente la cultura» había repetido varias veces el famoso director, «hacedlo como si vuestros movimientos fuesen libres, pero como su vuestros cuerpos fuesen poco regalo», les había dicho a los bailarines, que imaginaban una especie de baile de marionetas. No se trataba de eso, se sabría luego, los cuerpos sin valor no son los de ninguna marioneta o autómata. Son cuerpos vivos, pero que transmiten una vida ciega. Son como topos excavando túneles en la nada. Son cuerpos que muestran deseo, pero «no hay libertad en ese deseo», sentenció alguien.
Es posible concebir un mundo de almas cristalinas, transparentes, un mundo de intenciones invisibles que de repente emergen de modo incontrolado tomando la forma de un cuerpo. De modo similar suele ocurrir que los sueños se van produciendo por separado y permanecen olvidados en el subconsciente, como fragmentos, hasta que llega una noche en la que un sueño clave es capaz de unir todas las piezas. Los sueños olvidados comienzan a recordarse uno tras otro. Y así parece existir un mundo que si sigue completándose amenaza con hacerse más real que el real. Algo semejante ocurre con ciertas ceremonias iniciáticas en las que los ritmos y las sustancias que se ingieren operan la reubicación de los elementos de la experiencia cotidiana (muchos de ellos también olvidados o simplemente dados por supuesto) de modo que la realidad entera se reorganiza y aparece un mundo mucho más coherente y compacto que el que era directamente vivido hasta entonces. Por eso hemos de entender como engañosa la superficie de la vida. Sólo está hecha de líneas de poder claras, mientras que la energía por la que vivimos se dispersa en torno a vivencias periféricas que desatendemos de manera rutinaria y que sólo se organizan cuando somos capaces de completar una imagen general de la vida que destruye todas nuestras nociones anteriores. Esos momentos, cuando se disponen en una linea imaginaria hacia el infinito nos dan la idea más clara de lo que puede entenderse por absoluto.

No sabría narrar el sueño. Una muchacha apoyó su cabeza sobre mi hombro, su cariño se convirtió en furia. Percibí que el peso de su cuerpo no se correspondía con su tamaño, lo consideré una prueba de su naturaleza satánica. Al día siguiente se fue M. No logro recordar claramente en qué consistía aquella especie de conjuro o ritual que me dio fuerza. Apretaba un libro sobre una superficie plana. Podía ser un espejo. En el sueño también había una gata moribunda. Justo tras despedirme de M. una gata idéntica se acercó a mí. Estaba completamente sana.