Lo que une y lo que separa con frecuencia son la misma cosa. Muchas veces no es posible cuestionar las barreras sin derribar los puentes. En esas ocasiones no hay más sinceridad que la de la máscara, que el juego de teatros sucesivos que acaba reconocido como la más veraz y sublime de las transparencias. Así, lo que ansiamos conocer es cómo el otro se adapta a tal o cual rol o papel, no la forma en la que cada uno de nosotros es único. Algo así es, quizás lo que dice en algún sitio Ignacio Castro, cuando sugiere que no estamos preparados para saber lo que cada ser humano tiene de único.

Intuyo que esto tiene cierto valor evolutivo: lo que nos interesa de las personas no es su ser, sea lo que sea,  sino su capacidad para desenvolverse con soltura en distintas situaciones. Eso nos transmite una sensación de seguridad y eficacia que nos produce tranquilidad y satisfacción. De forma inconsciente presuponemos que su capacidad de adaptación es un signo de éxito. Nos gusta rodearnos de personas exitosas porque sabemos que eso aumenta nuestras posibilidades de éxito, hasta el punto de que puede ser un factor crítico para nuestra supervivencia. Si esto es una simplificación de las cosas puedo aceptarlo, pues aquí no importa dejar fuera los posibles matices o excepciones de la regla.

Tampoco estamos preparados para mostrarnos. Mostrar lo que tenemos de únicos es mostrar algo sin valor, algo para lo cual no existe ni una sola escala. La autenticidad es lo más anodino, pues todo el mundo parece poseerla en el mismo grado. Destacamos en función de tal o cual faceta, no mediante todo nuestro ser. Por eso estamos dispuestos a poner nuestro ‘yo’ en función de cualquier pequeño o gran catálogo de virtudes o aptitudes. De ahí que el mundo no sea más que una serie de filtros o mecanismos que sincronizan nuestras ‘utilidades’. Hasta el amor, en un sentido romántico, puede, curiosamente asumir ese ideal objetual:

Oh, like a spindle
Or oh, like a candle
Or oh, like a horseshoe
Or oh, like a corkscrew [1]

El plano de los objetos ha gozado de un oscuro magnetismo. «El martillar mismo es el que descubre la específica “manejabilidad” del martillo» [2], nos dice Heidegger. Cuando leemos El ser y el tiempo a veces uno siente ganas de pertenecer al mundo de los objetos. Los objetos se relacionan los unos con los otros casi sin necesidad de mundo [«por adscripción a otro útil», ibid]. Y aunque entendamos en plural esa adscripción de las cosas, sus relaciones indirectas aún guardarían el secreto del sentido del encaje perfecto. Hay dos figuras modernas que tienen que ver con el encaje perfecto: una es el amor romántico, la otra el engranaje perfecto. De hecho, puede decirse que la idea de engranaje es lo que permite amar el mundo de las cosas y convertirnos en una pieza del sistema. Desde la perspectiva del encaje perfecto lo inmaterial se nos presenta atravesado de corrientes vitales, de intensidades morales que lo ponen a la altura misma del amor romántico [3].

Esa perspectiva, la de las intensidades morales, es la que recorre la obra de Emanuele Coccia [4]. La idea misma de intensidad es el resultado inmediato de prescindir de otro signo de valor. El plano de inmanencia siempre es un plano de intensidades, que es lo mismo que decir que el posmodernismo manifiesta una contradicción esencial: es plural a la vez que defiende la ley del más fuerte.