¿No deberían, al fin, hacérsenos más fecundos estos viejos dolores?
¿No es tiempo ya de liberarnos, amando, del amado
y de resistir estremecidos, como resiste la flecha a la cuerda,
para ser, concentrada en el salto, más que ella misma?
Porque no hay permanencia en parte alguna.

— R.M. Rilke

Una vez que la Discordia llegó al abismo inferior del torbellino y el Amor estuvo en medio del remolino, todas las cosas convinieron en la unidad bajo su acción, no enseguida, sino que se congregaron desde direcciones diferentes según su voluntad.

— Empédocles

Cuando uno sabe qué es la verdad ya puede prescindir de todas las verdades concretas. Cuando uno sabe qué es la belleza puede prescindir de las cosas bellas que le han llevado a conocerla. Cuando se entiende lo que es la inteligencia se puede prescindir de la misma, pues al conocerse su secreto se convierte en estúpida. La ‘docta necedad’ ya no presupone la modestia que instaura el conocimiento del límite, sino la necia superación de la soberbia que supone creer en el progreso ilimitado de la razón humana. Quien conoce el amor no puede amar más, y sabe que por encima del mismo hay un odio o una indiferencia cruciales. Un odio manso que siente en el rechazo generalizado que provoca un viejo amor que ya no es suyo, que lo es del resto resto del mundo, uno es capaz de concentrar todo el odio del mundo en un solo punto, a desmano, desviar el río del mal hacia la nada. Solo a través de ese odio el mal acaba anulándose a sí mismo.