Todos escribirán. Lo mismo será dicho con palabras siempre diferentes, infinitas veces. Y habrá, quizás, una máquina que diga quién dijo primero algo. Quién lo dijo sin ser escuchado. Quién lo dijo y fue elogiado. Las propias máquinas realizarán esa operación de maneras diferentes, infinitas veces. Conocerán las máquinas que fueron las primeras en conocer algo.

Todo se convertirá en un sistema autorreferencial.

Nos critican. Con razón, seguramente. Qué ven, la voluntad de que nuestra vida flote por encima de los códigos que se comparten. El hecho de querer tener una posición que no sea meramente relacional. Son seres hundidos en el error de hacer depender su posición en el universo con la posición en el sistema de relaciones que definen lo inmediato. Estar en orden con lo cercano no implica ningún tipo de armonía con el universo. Es sólo la imaginación de esa armonía. Quizás ellos son más herméticos: confían en la correspondencia entre microcosmos y macrocosmos. Los autorreferenciales deseamos esa armonía, pero hay algo que nos impide asumirla como una verdad absoluta. Esa es la paradoja: somos nosotros los que asumimos la finitud radical y dramáticamente. Porque nada nos hace creer en esa correspondencia, porque la falta de garantías de que lo inmediato se corresponda con un orden completo. Entendemos que los rastros de esa completitud están en el interior más que en la inmediatez. Escuchar ese interior es afrontar la necesidad de trazar una línea de trascendencia. Solo cuando el interior desaparece en lo inmediato la trascendencia sobra. Sólo desapareceremos en lo inmediato cuando se nos presente como otro interior.