La gente está ciega. Una mano negra les tapa los
ojos. Esa mano negra pertenece a quien odia.

— W. Kandkinsky, Über die Formfrage.

Nadie se paró a pensar si era bueno o malo, simplemente se pusieron al servicio de una fuerza. De una gran fuerza.

Perdieron el recuerdo de los días claros de su infancia. Olvidaron la amplitud vital del no hacer nada, del estar abiertos a todo. El mundo se mostró pronto con una lógica propia y aprendieron rápido. En el mundo de las cosas el principio que justifica su existencia está siempre claro. En los seres naturales no está claro, por eso sintieron miedo cuando se les comunicó que vivirían en resto de su vida en aldeas. Frente a la claridad lógica de la fuerza humana lo natural fue siempre para ellos un poder vacío, incomprensible, maléfico o demoníaco.

Nacieron en un mundo en el que no se puede mirar a los ojos al mostrar el alma o en el que hay que esconder el alma para mirar a los ojos.

Veo tierra. Una tierra original por todas partes. El cemento, el plástico, el metal… llevados a su esencia común, la de permanecer como tierra, y solamente diferentes al haber sido diluidos y abrasados por distintas formas de calor.

Veo ese calor. No es una energía, es un alma. Implica lo no permanente, lo que en cada instante es diferente a sí mismo. Veo ello una mezcla imposible entre dos realidades. Una permanente, otra fugaz.

Nos adaptamos a las formas artificiales de compañía como el metal fundido a su molde. Y de repente todo se enfría. Y ya nunca más sabremos mirar a los ojos.