La tristeza corroe el interior del alma tanto como la alegría el interior si de la sociedad. No hay sociedad capaz de soportar la verdadera alegría. Cada sociedad debe producir alegrías simuladas imaginarias para funcionar. La alegría es algo que está al margen de la supervivencia y de la muerte, es un compromiso radical con la vida que no entiende de logros ni de imágenes. La alegría no entiende de roles, emerge de una confianza absoluta en la presencia del otro, es la fiesta del encuentro que acepta el desconocimiento íntimo en el que se fragua la identidad de nuestra unión y separación. Es de ese modo como cada persona equivale tanto a la intimidad radical del deseo como a la exterioridad absoluta del mundo, es la prueba de que es posible la concordia entre tan diferentes esferas. Esa dualidad la rompe el primero que ve eso desde la perspectiva del poder. El primero que abandona la alegría pensando en una ganancia futura. La alegría pura es frágil, por eso ese gesto se contagia. Pero, en su perfección, el poder mismo es igual de frágil. Una vez que ha ganado algo tiene que enfrentarse a su propio vacío. Cada vez que una sociedad consolida sus reglas solo queda espacio para la alegría que hará polvo sus cimientos.