El ruido, la cantidad de información, no es el problema del discurso ‘crítico’. Si se percibe como un problema es porque dicho discurso se mueve en el mismo plano, porque usa formatos y códigos similares. El activismo social o político ha sido incapaz de desmarcarse de la estructura semántica del capitalismo, ha asumido la tarea imposible de establecer una diferencia usando la misma lógica. No solo se asumen los mismos resortes imaginarios, se asume el universo estético y el ideal del mecanismo que produce eventos. Adbusters, por ejemplo, siempre fue, por encima de sus contenidos, un monumento a las formas de difusión y a los mecanismos del contagio simbólico automático. Por eso es raro que aún nos resulte imposible entender la banalidad del contenido que se difunde o se expresa, la intranscendencia de todo eso que como concreto se dice. La verdad no se tiene en cuenta de forma lógica, es un adorno retórico para unas masas que responden a resortes afectivos. Y aunque fuese un mecanismo lógico, tampoco cambiaría nada: la lógica de la verdad dentro de un discurso siempre es un dispositivo que funciona bien a nivel local, nunca a gran escala. En otras palabras, no hay verdades que reflejen en su conjunto la dinámica global de la sociedad. Ahí, en ese hueco epistémico, es donde debe buscarse el motor biopolítico responsable de la incontrolable inercia de las sociedades actuales. Hay un salto intratable, un punto ciego, un territorio indefinido entre las verdades locales, las formas de vida y los macrodiscursos que inspiran la acción política en el presente. Por eso no hay una estrategia que no sea en sí misma un ejercicio de narcisismo grupal. El agotamiento político no se resuelve en el plano de la acción, sino en el horizonte menos instrumental. Se trata de encontrar una forma de belleza que no genere eventos, que no genere imágenes. No es solo un rincón, un detalle que represente solitaria y melancólicamente las formas de vida perdidas. Es el ejercicio cotidiano de las formas de vida puras, las que no se mezclan con nada, las que son incapaces de asumir ninguna retórica y que viven por encima de todas las cosas, fugitivas e intactas, conservando en su interior todos los fuegos y todas las raíces.