La extraña enfermedad es el tiempo.

Es la más extraña de las enfermedades y es una enfermedad perfecta: una enfermedad única que requiere un fármaco diferente en cada uno de sus casos. Es una enfermedad que se manifiesta en una multitud de casos incomparables, en los que la improbable coincidencia de las causas y los síntomas entre distintos pacientes no es más que la característica más genuina de la propia naturaleza de la enfermedad.

El tiempo implica que siempre seremos incapaces de situarnos en el presente. El presente no existe ni puede existir. Y sin presente no hay ningún lugar común que pueda llamarse «nuestro». Ni siquiera la carencia del nosotros es una carencia o debilidad cuya esencia compartamos y, por tanto, tampoco hay forma de rebelarse colectivamente frente a ella.

Luchamos por el nosotros y por el presente proyectándonos hacia el futuro desde una montaña de acontecimientos irreversibles que no son más que los restos de nuestras antiguas proyecciones. Cada momento en el pasado no es más que la anticipación de un momento que nunca se produjo. Lo que se espera es siempre lo imposible. El tiempo es el fruto de nuestra extraña y solitaria forma de esperar.

Si alguna vez digo lo contrario en el fondo lo que estaré sintiendo es esto. No hay más Zeitgeist que la imposibilidad de definir una forma de vida. El problema del devenir es la dificultad de fijar un presente, que se caracteriza por la constante obsolescencia de la más profunda de las raíces de una vida que no deja de renivarse en cada instante.