No dar nunca la propia vida por dada. No dar nunca el mundo por hecho. Ser capaces sentir que la creación es el pulso de cada momento. Nacimiento eterno que ocurrió y ocurre. Cada pensamiento, cada sensación, no tienen otro sentido que ser una pieza esencial y última en la periferia de lo creado. Lo que se planta frente a lo increado. Quien se conoce como el último extremo, quien sabe que está lejos de todo, también está en el centro de todo. Quien se aleja de las cosas vuelve siempre al punto de partida [cf. Petry (ed.) Late Medieval Mysticism, p. 186].