La flor y la brisa. La luz que ya no es
tan fuerte y no deslumbra. El campo
donde lo claro ya no ejerce su poder
como antes. Vivir donde la duda
deja atrás la ignorancia y nos lanza
hacia las ganas más profundas de vivir,
contra la muerte y hacia la vida más bella,
porque ya a estas alturas no basta decir
lo que otros piensan. Hay que bajar,
una y otra vez sin pensarlo, como
quien con una oración se sumerge
en las aguas oscuras sin encontrar ningún Dios,
bajar a esas zonas sombrías, inferiores, densas,
cuya frondosidad inhabitable nos demuestra
que por encima de lo que podemos compartir
se encuentra la soberanía suprema
de un alma indestructible. Vivirás, y allí
aún te dirán que tu cuerpo no es ya
la voz de una voz, la repetición de unas
sílabas de carne que otro ser, invisible
a nuestros ojos, pronuncia con lo que
solamente para él es también cuerpo. Voz. Nada
tampoco le hace pensar que su fibroso corazón
es lo que otro ser aún más lejano pronuncia o respira
desde su misma materia ambivalente, en
su mismo caer rodando, su estar enfermo,
su ser rechazado y cantar al abandonar la ciudad,
al cruzar el bosque y al llegar a las puertas
de su abismo. No son los cuerpos lo sólido,
ni hay una densidad que mida la existencia
desde un solo lado para que al quitarnos
las máscaras de nuestra desnudez
se descubra solo lo que debe morir. Eso
solo lleva al fraude de aparentar que se ama
cada vez que nos invade la vergüenza
o el miedo. Eso es habitar la vanidad inerte
del que muere sin tener las cuentas hechas,
del ser cuya modestia es en su vida más real
la misma vieja desidia. El suicidio blanco
que aplauden los seres que te dan la espalda
mientras ocurre el milagro. Sí. Se giraron,
se ausentaron, fundaron una raza,
formaron un pueblo. No ha pasado aún
mucho tiempo. Pero cada vez es más ahora
y ellos aún hablan de historia. Aún quizás
ejercen su fuerza sin comprender que el poder
no es un logro ni una sensación, sino el rigor
de una realidad mayor que preferimos ignorar
cuando la intemperie del dolor no encuentra
una casa. Hasta el animal más tozudo
lleva en su corazón de modo más puro
la esencia de la contemplación. Nadie llega sano
al lugar donde las exactitudes se disuelven
pero es esa voz
y la vida cuaja al sentir
el gozo de habitar la casa
del corazón más grande.