La paz que impregna la voz más sosegada,
la que aún te espera, solitaria y nunca hecha,
jamás descendió a este mundo. Es una paz
que permanece rota en el consuelo, aún te espera
para confundirse con una niebla muda
cuya suavidad lo protege todo.
Ahí nadie recuerda ninguna palabra.
Ahí somos el cauce de los vacíos terrestres,
el nido del corazón que sentirá todo,
el esqueleto soberano de lo que no puede sentir,
un viaje cuyos pasos ceden… caen,
y las marismas verdes que esperan la aurora
son ya tormentas de voz que describen noches
que tropezaron ciegas con sacos rotos. Cuerpos
ásperos que se desnudaron solemnes,
cara a cara y ante los astros.