La música que me hace callar. La lucidez ajena
que me hace callar. El amor que demuestra
que todo lo que siente mi corazón no es más
que un olfato subterráneo. Los escalones
que agotan mis pasos. Los desolados
recintos feriales del falso misterio que comparten
los amantes torpes como yo. Cosas que en cada instante
cambiando siguen siendo las mismas. Lo que no mejora
porque ya sirve de algo en el trozo de mundo que le tocó,
suficiente como el trozo de tarta que te toca, como
el trozo de tiempo que te queda, como los trozos
de las bombas que saltan por los aires, como
los trozos del aire que se esconde entre las bombas. La voz
que me hace callar, sus ojos, todo lo que en su
inaccesible profundidad tuvo la fuerza de amar
durante un segundo o con constancia, desesperadamente
o con paciencia, en la cercanía o en la distancia. Callar.