El Sol se mueve muy deprisa, como si tuviese miedo.
— Gangleri, en Gylfaginning

1. Dialéctica

El problema perenne es el problema de la vida. La palabra vida, en sí misma, sin contexto, no quiere decir nada, está vacía de significado, solo es un enigma que las sucesivas generaciones van enfocando y abriendo de distinta manera. Abrir el enigma es la constitución de una dinámica inevitable en la que caemos: resolver el enigma y aumentarlo son una y la misma cosa. Cualquier intento de resolver el enigma lo multiplica, y cualquier ampliación voluntaria o involuntaria del mismo es un paso necesario para su resolución.

Esta aporía, como todas, puede expresarse con otras palabras que dan mejor fe de su esencia. Lo contradictorio de la vida tiene que ver con una escisión interna, existencial, que se da en nosotros sin que parezca haber muchas posibilidades de superarla: experimentar y conocer la vida son dos formas de afrontar el misterio tan concomitantes como contradictorias. En primer lugar, cuanto más experimentamos la vida, cuanto más vivimos, menos sabemos lo que es la vida. En segundo, el hecho de conocer la vida generalmente supone un alto en la misma, bloquea la propia energía vital, anula su misterio sin resolverlo, simplemente concentrando nuestra atención en definiciones, categorías y símbolos inertes. A esta doble e imposible naturaleza se añade, hoy, el tercer elemento: la apariencia. No es suficiente con vivir y conocer la vida, en la medida en que existe una tensión dialéctica entre ambos estados, parece que debemos buscar una solución o superación (Aufhebung) de la misma a través de una síntesis, que no es otra que la apariencia de la vida, la imagen de la vida. En la medida en que estamos sumidos ciegamente en la contradicción de experimentar y conocer la vida, esperamos que las imágenes que somos capaces de producir (de nuestro cuerpo, de nuestros pensamientos, o sentimientos) sean una especie de síntesis liberadora.

Pero si nuestro optimismo cósmico es menor que el de Hegel no debemos presuponer que esa Aufhebung es una solución de ningún tipo. Si para Hegel el orden del proceso es un orden hacia la autorrealización del ser, para un pensador menos ingenuo lo que ahí se toma por cumplimiento en otro registro aparece como colapso. La imagen de la vida es angélica si apostamos por la conciliación del proceso histórico, pero maléfica, si sospechamos que resuelve una contradicción que estaba mal planteada desde su origen. Si estamos con Freud, debemos pensar que las contradicciones se resuelven con censuras, con símbolos vacíos, con figuras de sublimación que esconden un trauma o una herida dejándola latente. La imagen de la vida es una cicatriz. Las imágenes que buscamos como ideales mediante los cuales queremos que los demás nos conozcan como vivientes son una expresión de dolor.

Ahí se produce una nueva contradicción. La vida por la que queremos ser tenidos lleva un dolor y produce un dolor. El ejercicio de la apariencia de la vida, incluso cuando es sencillo y modesto, lo único que logra es transmitir un dolor que, una vez que caemos en ese esquema, se convierte en intratable. Ese es nuestro Zeitgeist.

 

2. El velo de la muerte

Nadie ha definido la vida porque carecemos de una idea clara sobre el origen y el fin de la misma. Ambos puntos están ocultos tras el velo de la muerte. La muerte es el telón del escenario barroco de la vida. «Un principio y un fin tiene la vida, / porque de todos es igual la entrada, / y conforme a la entrada la salida.», señala Lope. Desde esa visión teatral y narrativa la muerte no puede concebirse de otro modo, es lo que no es la obra, la vida misma en ese juego de espejos que se produce cuando la obra logra darse con un grado de realidad más potente que la propia vida del espectador. La fábrica de apariencias contemporánea puede entenderse como el intento de prolongar la realidad de la obra en el interior de la vida normal. Llevar el teatro a la vida como una forma de autenticidad máxima. El ideal vital en el que la persona y el personaje se funden y se confunden. ¿Podemos hacer algo así ante la muerte? Prolongar la vida en lo inerte parece algo ciertamente más difícil, salvo que se entienda ese velo en un sentido literal. Algo que oculta un orden diferente, incompatible, no como algo que da terminación. Lo mismo que al ver una obra nos quedamos impregnados de sus vectores vitales, algo que nos acompaña al salir del cine o del teatro, podemos vivir de una manera que haya algo que tenga la capacidad de pasar bajo el velo de la muerte. En eso han consistido las grandes tradiciones espirituales. Ese es el gran núcleo de la philosophia perennis. La sabiduría perenne está lejos de agotarse como de completarse, y no es cuestión aquí de proceder con detalle ni en una descripción de la misma ni en una ampliación. Nos interesa llegar a una definición de la vida que no sea algo simplemente basado en la intensidad vital o en el conocimiento objetivo, explicable, de la vida. Esa definición solo puede partir de las prácticas y concepciones de la muerte, de los ritos funerarios, de los dispositivos memorísticos que articulan el paso del velo y el recuerdo y la comunicación con los fallecidos. Cuando alguien muere, los que quedamos le queremos dar lo esencial para ese posible paso, así como, recordar lo esencial de su vida. De este modo se produce algo extraño: la muerte implica crear una ausencia y una presencia del fallecido. Ausencia porque debemos quitarle todo aquello que en su vida fue contingente, presencia, porque llevando su vida al estado más simple nosotros los vivos también nos simplificamos y entramos en contacto con lo que tiene de eterno cada persona y con lo que tenemos de eterno nosotros. El ejercicio de esta forma de ser puede considerarse hoy bloqueado por la Aufhebung de lo aparente. La resolución mediante imágenes del problema de la vida, de la contradicción entre experiencia y conocimiento, se realiza de un modo tal que nos movemos en la dirección contraria: el valor de lo inmanente es el valor de lo casual, de lo contingente, de cada momento, sea cual sea, en virtud de su simple diferencia. En vez de buscar eso que puede pasar por debajo del velo nuestro compromiso sería la negación adolescente de la muerte: buscar una vida tan intensa y completa, tan lógica como dialécticamente blindada, que parezca más fuerte que la muerte misma. La figura del eterno retorno es la más clara afirmación de esta actitud. De Nietzsche no se libra uno fácilmente, por tanto queda pendiente una exposición más clara de las debilidades de la inmanencia. Pero lo primero que debe ocuparnos es de esas figuras de la muerte, de esa tradición perenne en la que debemos encontrar unas figuras y ejes clave para el desarrollo de nuestra investigación.