Mis palabras
son el fuego
que quema
otras palabras.

Tenemos que evitar la obsesión de lo que nos afecta. Ver las cosas como si perteneciesen a un mundo sin casusas ni efectos. Hay que vivir en la libertad de lo inexistente. En la soberanía de lo falso. Hay que amar desde la indigencia, desde la suprema incapacidad de querer y la imposibilidad de ser querido. Amar en la más profunda ignorancia de los signos y los símbolos. Hay que abrazar la revolución del silencio. Llevar dos máscaras idénticas: una en la cara y otra en las manos, dejando clara nuestra falsedad en cada palabra. No ser nadie. No tener experiencias. Estar en lo que el mundo tiene de invivible y de indescifrable.

Frente al instinto de significar es preciso desarrollar la virtud de callar, de  no ser. Del mismo modo que debemos evitar que otros instintos se apoderen de nosotros, debemos evitar ser anulados por el instinto de significar. En relación con el significado vivimos en un mundo similar a esas distopías en las que los sentidos se encuentran saturados por aquello que provoca su satisfacción. En su modo particular de paroxismo la palabra nunca dice nada. Así la comunicación tiende a ser cada vez más automática y superflua. Ese agotamiento se encuentra inscrito en las mismas leyes del cosmos. Igual que los placeres del comer y de la carne se agotan y se convierten en cárceles, así se agotan también los placeres del lenguaje y la lucidez de los verbos.

Y del mismo modo que no podemos dejar de satisfacer otros instintos, tampoco podemos dejar de satisfacer el instinto del lenguaje. Pero lo mismo que comemos con alguien para que las palabras dignifiquen el acto de comer tendremos que encontrar un acto que podamos sobreponer al uso del lenguaje. Algo que no sea hablar que se haga cuando estemos hablando o escribiendo.

Y nos daremos cuenta de que eso no es «amor», ni es «vida».