Los medios son pasivos respecto a las formas existentes y activos respecto a las formas posibles. Desde dentro el medio es un elemento facilitador, desde fuera el medio es un elemento constrictor. Desde dentro el medio no tiene forma, es el teatro o el transmisor de las formas. Desde fuera el medio no es más que el conjunto de todas sus formas posibles. Todo medio se define por las infinitas formas que posibilita o acoge, pero también por las infinitas formas que censura o excluye. Esa censura, ante la sospecha de que se trate de una censura totalitaria, se justifica mediante un recurso a la finitud: el medio es tan finito como finitos son los seres que dentro de él viven. Pero los mecanismos de comparación entre conjuntos finitos solo sirven cuando dichos conjuntos se definen del mismo modo. Es decir, el tamaño del medio y el tamaño del habitante o del espectador no pueden compararse sin que exista un soporte ideológico previo. Por lo general ese soporte ideológico no tiene más fundamento que el sentido del tamaño que emerge de la comunidad. Eso nos remite a una concepción de la verdad como consenso que, por su propia naturaleza, es incapaz de adquirir una dimensión metafísica. La justificación del medio solo se produce mediante la asunción de la verdad de la comunidad que está inscrita en dicho medio. Esa comunidad es una comunidad problemática. Se trata de una comunidad carente de todo sentido de hermandad. Los seres que la componen no comparten su potencia, sino que comparten un pacto venenoso que les sitúa siempre al borde del ejercicio de la traición. El consenso que les lleva al éxtasis del infinito del medio siempre se vive como la experiencia de la aceptación de una pérdida, porque la finitud del individuo no encaja dentro de la finitud del medio y, por tanto, tampoco dentro de su infinitud. La infinitud del medio es la de un fondo perdido, vacío. Ante esa imagen el individuo siempre va a sentir un pánico que le hará abandonar el pacto. Sabe que va a ser un traidor y entiende que la traición es el mecanismo de la liberación. La traición única puede tener un efecto de liberación para la comunidad. Pero lo que ocurre con más frecuencia es que la traición se realice de manera inconsciente, desde la cobardía o desde la confusión, y nunca completamente. Por eso hay una traición constante, un clima de violencia que determina la naturaleza propia de todo medio. Es la traición de los que quieren salir y nunca salen realmente. Ese es el mal del filósofo. El origen de su resentimiento, su piedra de Sísifo. Vuelven a la comunidad para salvarse, no para salvarla, y por eso la aniquilan. Su soledad acaba siendo destructiva, no solo por la violencia que conlleva, sino principalmente porque es la semilla de unas formas de comunidad decrépitas, constituidas por vínculos hipócritas, que se abandonan al ejercicio de la vida en lo que esta tiene de más finita. Por eso hay que ver el medio desde fuera. El medio es una cosa, no es un mundo. El medio es un conjunto de posibilidades que, aun siendo siempre diferentes,  a partir de un determinado momento siempre son equivalentes. Nunca se repiten, pero acaban hundidas en la lógica de la equivalencia. Esa lógica que nos hace ver dos imágenes diferentes y equivalentes es lo que nos lleva a ver al otro como diferente y equivalente. Así es como la lógica de la dignidad humana puede convivir con la crueldad más extrema. Hay que perder el medio. Los medios. No hay que aceptar ningún ámbito intelectual ni vital en el que la naturaleza abstracta del ser haya dejado de ser el punto de referencia último. Por eso no podemos cosificar ningún elemento natural, por eso no debemos convertir las metáforas en imágenes fijas. De eso depende la todo lo que está en juego.