Ha pasado el tiempo y los cuadros ya no se cuelgan en la pared. Las imágenes son ya una parte del camino.

Las imágenes son diferentes cada día. Cada día tienen un sentido nuevo. Ver una fotografía de las mismas no dice nada de ellas. En esas imágenes solamente vemos los días que pasamos junto a ellas.

En esas imágenes están todas las voces. No está el espacio ni el tiempo. Sino las voces. De repente nos devuelven las palabras de quienes ya no están con nosotros. De repente nos presentan todo aquello que nunca se dijo.

Las imágenes nunca son ya imágenes. Simplemente verlas es un acto vacío. Quien ve las imágenes por verlas queda encerrado en una jaula de presunciones. Ver una obra de esa manera te encierra en la mentira que provoca en tu voz más mentiras.

No se ve nada. Se canta, se ama, se camina, se odia, se grita cuando no hay nadie cerca y tampoco lejos. La imagen lo hace todo. Son la perdición y el encuentro, el ritual y el rezo.

Cada vez que una imagen decora una pared se bloquea una parte del alma. La belleza es una pasión innoble.

Las imágenes tienen que abrirse paso entre la inhóspita maleza de lo bello. Entre la sospecha de las presunciones pactadas.

Las imágenes verdaderas siempre abandonan el mundo de las imágenes. Son objetos. Cosas materiales. Y pronto se convierten en seres vivos. No forman parte de un medio. Son animales libres. Son espíritus como el espíritu de los árboles y el espíritu de las rocas.

El río de la vida fluye desde el trono de Dios hasta el árbol de la vida.