La belleza es la expresión de una fuerza de la naturaleza. Eso es importante. Pero también debemos esforzarnos en ver que quizás el mundo es feo. Si lo vemos bello es porque esa aparente belleza es lo que nos hace querer seguir existiendo, querer dar la bienvenida en el mundo a nuevos seres humanos. Querer tener hijos es la afirmación de la creencia de la belleza del mundo, incluso cuando eso se considera la síntesis del significado múltiple de la vida. Desde el punto de vista evolutivo no puede existir una especie que vea el mundo feo. Cuando el instinto del placer queda en un segundo plano Dios nos engaña con el sentido de la belleza. Pero no debemos ser de entrada ingenuos. Debemos aceptar la posibilidad de que las formas que nos rodean, los árboles más frondosos, las aves más libres, los cielos más profundos, no sean más que el desperdicio de la imagen más horrorosa. La soberanía del gusto nos permite contemplar el mundo como feo, como una creación degenerada y sin sentido. Pero desde el momento en que lo vemos feo, y siempre que lo veamos feo sin maldad (pues esa es la única manera de verlo objetivamente feo, sin estar cegados por el resentimiento o el odio) surge de modo directo la posibilidad de crear algo bello. Ese es el gran misterio de la libertad.

Educar a los niños en la belleza les convierte en esclavos del placer. Les enseñamos las formas más viles de contemplación fragmentada para que sean capaces de cegar a alguien con una nueva promesa de las mismas. La belleza es una forma de capital, una forma de valor. Transformamos las sensaciones más bajas en formas de juicio dignificadas socialmente a través de una idea de la experiencia generosa que no es otra cosa que el camuflaje de la avaricia. No sabemos educar sin transmitir una idea cruel de valor. Solo podemos disfrazar la crueldad de la tradición que transmitimos.

No es posible educar de una manera no ‘económica’. La única alternativa es establecer un modo de convivencia misterioso en zonas carentes de valor.