Me retuerzo al pensar que el bien o la bondad pueden dar lugar a cierto tipo de recompensa. La simple intuición de que algo de lo que haga me va a desviar de mi camino hacia el infierno es para mí una razón poderosa para no actuar. Si alguna vez debo ayudar a alguien evito que se note. Y si creo que Dios me observa pongo en mi acto un odio que le repugne. Solo de esa manera puedo ayudar. Solo de esa manera, porque de momento no he encontrado esa forma de ser en la que el bien sea el carácter de una desenvoltura neutra. Daría todo por encontrar esa manera de vivir en la que el bien fuese algo tan natural que no se vería ensombrecido por ninguna valoración positiva.

La promesa de salvación de la fe cristiana es la gran catástrofe moral de Occidente. Desde el mismo momento en que el mensaje de salvación se extiende entre los hombres los corazones se ensombrecen con la esperanza de una recompensa. El bien deja de ser un fin y se convierte en un medio. Así dicha promesa rompe la sagrada hermandad de los seres. Dios profana lo sagrado que hay en la relación de hermandad al mostrar preferencia por los justos. Lo que ocurre en el mundo queda en el mundo, debería decirse. Una de las peores formas de crueldad es la de ayudar a un hermano por interés propio, por eso la idea de bien es incompatible con el ejercicio de la iglesia. Ese es el gran problema de la economía de la salvación cuando se aborda desde la perspectiva teológica. La teología no puede evitar pensar con el poder. El propio concepto es poder, con la diferencia que la economía de Dios, hecha a través de la Alianza, no puede tener un equivalente en la esfera de los asuntos mundanos de los hombres. Este malentendido económico es quizás la razón por la que la ‘presencia’ (parousía) termina siendo considerada una ‘venida’. La venida es el concepto que encaja con la lógica de la ayuda. Cuando la ayuda desplaza a la presencia la comunidad religiosa se convierte en económica, y al convertirse en económica se dota de un poder terrenal. En términos evolutivos resulta claro que las religiones sobreviven cuando la promesa de comunidad se convierte en una alianza de poder, por eso sus promesas de salvación acaban convirtiéndose en una catástrofe moral que únicamente se evita cuando operan las instituciones políticas. Puede decirse que la evolución de las instituciones políticas en Occidente no ha sido más que el intento de compensar el deterioro moral que surge de una economía de salvación distorsionada por los factores evolutivos que convirtieron al cristianismo en una religión de masas. Quizás es por eso por lo que Voeglin afirma que «el objetivo del gnosticismo parusístico es destruir el orden del ser, que se experimenta como imperfecto e injusto, y reemplazarlo por un orden justo y perfecto mediante el poder creador del hombre.» [RP, p.106] Aquí la justicia ya es económica, no tiene tanto que ver con la equivalencia de los seres humanos, con la hermandad, sino con los intercambios humanos frente a los ojos de Dios. Dios ya no está en la comunidad, sino que está en el juicio final, ya no da vida a la vida común, sino que es una máquina de calcular diferencias. Desde esta perspectiva, siguiendo de lejos a Voeglin, es preciso el asesinato de Dios. Pero, a diferencia de Voeglin, no creo que tal asesinato sea simplemente el resultado de considerar a Dios como una creación humana. Efectivamente, desde la perspectiva económica no es posible dejar de ver inconscientemente a Dios como un ‘producto’ humano. Por eso el rito tiene la función simultánea de salvar el ideal de la comunidad en Dios y de mantener el sistema de producción. Por eso la máquina filantrópica del capitalismo funciona: se basa en la creación ‘inconsciente’ de desigualdades a través de la ‘mano invisible’ que se identifica con Dios y que permite el ejercicio de virtudes conscientes (explícitas, proyectables, visibles) que se consideran propias del hombre. Ahí está la gran catástrofe moral de Occidente.

La presencia de la comunidad se convierte en la presencia de la venida inmediata. La venida inmediata se convierte en un acontecimiento continuamente postergado que se busca en los acontecimientos del mundo. Es el motor social que profana el misterio. Por eso debemos evitar hablar a las personas como si las conociésemos. No debemos pisotear el espacio del misterio. Cuando pisamos inconscientemente ese espacio nuestras impresiones se convierten en juicios. Y, en términos prácticos, los juicios nunca son constructivos. Unas veces van a dirigirse a personas a las que podemos destruir, otras veces a personas que pueden destruirnos. Eso no es bueno. Y si hay veces que no son destructivos es porque se quedan flotando en un espacio vacío, no porque resulten constructivos de ningún modo.