Hay un gran espejo que refleja todo lo que queremos. Nos dirigimos hacia él. Vamos en la dirección contraria.

Hay una lente que muestra con claridad las esencias y los detalles. Nos aclara la mente, al tiempo que nos oculta un hecho más crucial: que también hay esencias en las zonas no ampliadas, que también los detalles están cargados de zonas inmensas de vacío y son como granos de arena que se convierten en desierto cuando se acumulan.

Quien domina la imagen no domina nada. Quien domina las palabras tampoco domina nada. Estas líneas deben entenderse escritas desde un movimiento de huida. Desde una ausencia que separa. Nadie oye respirar a quien las escribe.

La gran imagen es la imposible suma de una infinidad de vacíos. Deus absconditus. Vacíos que funcionan como una promesa. Como la transparencia de un cristal perfecto. Como esa luz que no se ve, pero que te permite ver. Pero… ¿se trata de ver?

Los mecanismos de la visión nos impiden existir. Los mecanismos de la visión ponen al mismo nivel el ejercicio mecánico de la producción de la imagen y el ejercicio mecánico de la recepción de la misma.

La gran imagen respeta la ley de la conservación de la energía. Es, por eso, pura claustrofobia.