La imaginación no siempre produce ‘imágenes’. Un error frecuente es el de considerar las imágenes como productos de la imaginación, como los frutos de la misma. Pero las imágenes no son el logro de la imaginación, sino su condena, su muerte. La imaginación muere en las imágenes, es una actividad vital constante que se convierte en imagen cuando se cansa o cuando se quiere hacer de ella un mecanismo productivo como otro cualquiera.

La imaginación más propiamente viva es la imaginación de lo constante, la imaginación de eso que somos o que podríamos ser en todos y cada uno de los momentos. Eso no puede llamarse ni identidad, ni esencia, ni existencia. Eso es imaginable, pero no puede trasladarse a ninguna palabra y a ninguna imagen. Algo similar ocurre con la idea de Dios.

Esto nos lleva a comprender que el amor no es, tampoco, un rendimiento o un logro. No tiene nada que ver con la conquista. Es una forma de ser. Es una forma de mirar constante. Una forma de imaginar permanente que no se convierte en ninguna imagen mental ni en ningún hecho concreto. El amor no es un sentimiento, no se corresponde con ninguna experiencia ni con nada narrable. No tiene forma, duración o intensidad de ningún tipo. Es un tipo de coherencia inexpresable, una realidad clara y confusa.

La preponderancia que las ideas ‘claras’ y ‘distintas’ tienen desde Descartes supone la expulsión del amor del campo de lo imaginable. El pensamiento moderno funciona porque juega con el poder que supone convertir la imaginación en imágenes. Leibniz y Spinoza son los últimos antiguos. Leibniz dice: en cada imagen está todo el mundo. Por eso la imagen en Leibniz nunca puede cerrarse, forma parte de un todo continuo, de algo que hace aguas por todos los lados.

Querer apresar una imagen. Querer producirla es querer matar la totalidad de sentido de la que surge. Profanar el enigma.