A través de todos los pecados, pensar el bien. No pensar en el mal que hay que destruir, sino en el bien.
— Simone Weil [1]

No importa lo que nos esforcemos, nuestra presencia está constituida por una serie de puntos numerables que componen una extraña figura. Esos puntos nos resultan invisibles, son aspectos de nuestra vida sobre los cuales no tenemos ningún conocimiento o control. Cada uno de esos elementos es un átomo cuya existencia nunca sospechamos. En virtud de ellos podemos ser considerados un espectro de imágenes aislada, unidas solamente por un ligero rumor de conversaciones fáciles. Nada importa si todas las noches me despierto varias veces. Me recuesto, me incorporo con un dolor indescriptible en el costado, como si solo quedase de mi la piel dura de un odre vacío. Mi olfato busca ese olor rancio de despensa o de bodega y apenas encuentra el olor de la soledad. Ese olor diferente que comencé a notar desde que comencé a dormir solo de nuevo. La falta del olor de alguien es algo más terrible que la pérdida de sus sonidos, sus roces o sus temperaturas. Todo por la mañana huele a miedo y a pared. Huelo desde la cama el olor de las roscas de las bombillas. Me asfixia ese olor, que es una mezcla de vidrio, metal y plástico quemados. La capa de polvo que se acumula debajo del armario. Todos esos olores que habían sido expulsados por la fuerza de su presencia. Regresan como regresan los animales y las plantas salvajes a los pueblos abandonados. Odio la sensación de tiempo que ese olor me provoca. A causa de ello me he dado cuente de que el tiempo que termina en este instante es el mismo tiempo en el que termina una vida o en el que termina el mundo. No solo es que tenga la misma textura fugaz, sino que, si obviamos la forma en la que nuestra mente dosifica las cosas que pasan por una simple necesidad de simplificar, encontraríamos que todos los tiempos son estrictamente simultáneos.

Nuestra muerte está ahí ya, lo único que falta es encontrar un transcurrir coherente con el resto de las cosas. Para ellas el tiempo también está cerrado, completo, lo único que tiene que llegar a un equilibrio es cierto presente eterno. Tal es así que en los transi medievales, en concreto en esos llamados ‘dobles’ [2], aparecen al mismo tiempo la figura idealizada del fallecido sobre la figura de su descomposición, muchas veces dentro de un habitáculo que asemeja el espacio de un sepulcro aventanado.

Debe el universo llegar al punto en el que todas las cercanías mutuas encajan. Ignoramos las relaciones, pues lo que tenemos delante de nuestros ojos son hechos concretos. Mira de frente en este instante el esfuerzo de la creación que mantiene en pie los restos de lo que existió antes. Te esfuerzas en pensar el bien, pero no puedes. No podemos pesar el bien. El bien es lo más difícil de pensar. La belleza ya no nos sirve de guía, porque tampoco es posible concebirla. Quizás tampoco podemos ya percibirla.

Quiero conocer la belleza desde esa forma de ser que no es sentimiento ni pensamiento. Quiero entender la belleza con toda mi fuerza de ser.

Somos capaces de ver los males uno por uno. Los agrupamos en categorías e intentamos resolverlos al mismo tiempo. Pero nada funciona así. De esa manera solo vemos las causas inmediatas, no las profundas. Eso no sirve de nada, porque las causas inmediatas son muchas. Lo que no hacemos es intentar ver el bien que falta. Si fuésemos capaces de concebir ese bien todos los problemas desaparecerían.

Pero ese bien está condenado a ser invisible. Solo podremos verlo tras una gran catástrofe. Vivimos en un mundo de imágenes fragmentadas, de mediaciones incoherentes que se mantienen juntas gracias a la fuerza de la rutina, porque nos mantienen unidos sincronizando nuestros ojos, nuestras mentes y nuestros corazones. Pero eso no es el bien. Una catástrofe convertirá nuestra forma de ver el conjunto de mediaciones que mantiene unidas nuestras vidas. Cuando ya no mantengan unido nada, las mediaciones se verán como un conjunto de desechos incoherente. Serán un montón de escombros. En ese momento veremos el bien.

Las mediaciones funcionan como una promesa. Veremos el bien cuando todas esas promesas se descubran como imposibles. El primer podría ser quizás algo muy esperado que no se produce. Habrá un fracaso cultural que se contagiará. Una pérdida de confianza total. Eso podría ser. Pero lo normal es que se trate de una catástrofe violenta. Una gran catástrofe universal.

Hay una guerra que llegará sola. Porque las imágenes se rebelarán contra sí mismas. Será una guerra de ideales que se descubrirán absurdos. Porque el bien es algo abstracto. No logramos captarlo, pero creemos tener una intuición de los signos que anuncian su llegada. Esa creencia es la gran religión de hoy en día.

La cultura de los signos indirectos se corresponde con una economía del derroche. El bien no cuesta nada, las mediaciones implican un coste acumulado. Llega un punto en el que las mediaciones requieren mediaciones.

No comprendemos las leyes que median entre los distintos niveles de mediaciones. Desde esta premisa sabemos que intentar concebir el bien es una tarea inútil.

Pensar el bien requiere evitar las mediaciones. Pero eso es solo una entre muchas condiciones que se plantean. Una de ellas es la de llegar a vivir como un animal simple. Sentirse insecto, pero también ser visto como un insecto. Como un animal sin palabras. Algo que solamente tiene la capacidad de ver y de oler. Como un mecanismo que únicamente se llena de luz y de olores. Ojalá alguien me viese como un insecto lleno de una luz borrosa, como un ser ocupado por instantes y sensaciones que no tienen nombre. Necesitaría sentir mi vida para entenderme. Nunca nadie me preguntaría y yo nunca estaría ocupado en una sola parte de mi ser.