El laberinto más eficaz a veces no es el más complejo o el más difícil de recordar. A veces es el más homogéneo, el que se basa en la rutina para tender sus trampas. La regularidad, lejos de ser la clave de las reglas, es la clave del engaño. Los prestidigitadores saben que a favor de su pericia está la obsesión que nos hace mirar igual y hacia el mismo sitio. El laberinto perfecto es ese en el que no hay que tomar decisiones, sólo caminar y caminar y esperar si existe la posibilidad de saber si se ha tomado una decisión correcta cuando la propia decisión ya se olvidó hace tiempo. El laberinto perfecto es la llanura, la planicie máxima, el desierto. Un lugar sin puntos de referencia en el que el paisaje se compone de dunas que cambian de lugar arrastradas por el viento. Es difícil caminar manteniendo el rumbo. El mar es el laberinto infinito. Así, cuando quería perderme encontré que aquella ciudad de calles enrevesadas no facilitaba particularmente la tarea. Era como si todas las desviaciones se produjesen en algún punto de referencia que resultaba imposible de olvidar. Todo detalle era un punto de referencia, parecía producido por una lógica contundente que lo hacía reconocible y recordable de inmediato.