El camino es una serpiente.

El camino
es ya el eco próximo de los pasos
que no caminan. Pasos que no
transitan ya el camino:
pasos dentro de los pasos, que quietos
esperan caminar hacia sí mismos.

Así el camino arde.

El camino ya no existe.

Solo existe una dirección secreta porque hoy
quienes sueñan ser queridos pierden en su sueño
la capacidad de amar. Porque sueñan esas muchedumbres lacias
donde se concentran las palabras como las marcas
comunes de una fuerza fría. Transparencia
que solo permite ver la transparencia. Palabras.

Por eso hay que dar más noche a la noche,
cegar cada ceguera hasta saber
cuántas vidas caben en el tiempo. Pues murmuran,
como las respiraciones paradas en el aire de esos
lejanos vencejos existiendo tanto en su cielo
que tan desesperadamente presentes se nos muestran
y así con todo arrasan. Hay que liberar, soltar
esas vidas que no te dejan vivir,
todas las posibilidades perdidas, porque esas vidas
son la destrucción. Líberalas,
pero no las pierdas porque no son tuyas ni de nadie,
son vidas inertes que jamás fueron dadas
y por eso no tienen límite. Y son más grandes
que la vida.

Se queman las encinas y las jaras
y se sultan lo que entre dos espejos fue tiempo
y encuentro. ¿Pero en ese encuentro no encontramos
solo una huida similar? Por eso… sí
hay que soltarlo.

Es un error lo que lo explica todo,
un acto de deslealtad en las grandes esferas:
somos un fallo en la gran reserva del mal.

¿Pero por qué la ropa dura tanto,
por qué aún llevo puesta esta camisa?

Gran mal ese cuya ligera imperfección es ya un mundo.

Sé que caben en mi tiempo,
pero no tienen límite. Esas vidas
son una salvación perdida.

Vidas sin forma.

Y todos
han desdicho todas las proclamaciones,
todos los vientos, todas las verdades,
y han renunciado a todo lo que habría sido
una forma más interior.

Pero observo. Porque en esa violencia
aún existe algo más puro que yo,
algo más grande, algo
que será catedral un día.

Por eso eres la luz y eres el misterio
sostenido entre las brasas y los días