Hay que mirar a los ojos, cara a cara,
al monstruo que devora tu tiempo
en cada instante. Hay que girarse
cuando por la noche bebe junto a ti
en una taberna. Hay que sorprenderle
con una espada de luz diurna. Mira
dentro de sus ojos, detrás de esa niebla voraz,
tras la desesperación de ese depredador de aire,
mira el valle de tu pasado y la muerte.

Mira la parte perdida de tu semilla, lo que no prendió
en el suelo de tus días. Lo que no brotó
en el cansancio de una tierra
aún más silenciosa.

Vas a antender la libertad con esa claridad
que jamás vivió un hombre libre,
para conocer el amor que aún desconocen
los amantes, algo más puro
que todas las compañías. Así no amanecen los días
cuando ejecuta sus lugares un abismo silencioso.

He habitado cárceles y jardines
desconocidos para quienes lo vivieron todo.

Solo te recuerda quien te olvida,
quien no te ve tan ausente y tan cambiado. Por eso
las palabras esclavas y se retuercen
angustiadas y dóciles. Tú recuerdas

haber dicho otra cosa. Haber cantado en alto
en cada paz frente al retablo. Haber llevado
el fuego a cada altar y dormido en cada cama
y haber quedado allí cruzando el río,
bailando en cada fiesta
y llenando de razón las madrugadas,
porque por estas escaleras de plomo
solo se baja al cuarto de la luz cansada.

Si en la casa ya hay fuego, ¿por qué
me despierto antes que los otros?

¿Y por qué asisto a tanta resurrección
si aún no he dormido?

Porque no creo en esa imagen
y no voy a rezar mis palabras al viento.

Porque mis palabras duelen
y nadie me enseña a hablar.

Mira hacia atrás. El pasado
como un jardín de úteros frondosos
en el que el vacío y la ausencia se convierten
en la vida de las vidas.