No hay que tocar la pobreza con las manos
porque el bien que puede hacerse es una herida
sucia y profunda: en ese umbral solo podemos dar
una felicidad que esclaviza,
una felicidad como una imagen,
como el brillo de un oro muerto,
como un éxtasis inerte
que fluctúa, tan manso como la tranquilidad del mal
que confía en sí mismo. Pues habitamos el eco
de quienes confunden el mensaje. Porque su fuerza
sigue siendo como una flor
indómita y salvaje.

Entiende que jamás vivimos
nada de lo que se recuerda,
pero no olvides
que es tu madre
quien te lava las manos.

Un día comprenderemos el significado
de esa gran llamada… ¿Debemos pedir ya
desesperadamente ayuda al pobre?