Zu vielen bildet eine sich inhüber,
So tausendfach, und immer immer lieber.

Marienbader Elegie

 

Nunca dos imágenes son iguales. Nunca equivalentes. La equivalencia de la imagen es la proyección de la equivalente dignidad de dos personas, pero que ignora que esa equivalencia es posible en virtud de las diferencias que las hacen únicas.

Tal como no es un conjunto de esfuerzos, el mundo tampoco es un conjunto de curiosidades y placeres. De ahí surgen varios malentendidos: donde unos ponen la rabia anárquica de la curiosidad otros ven el rastro de un poder que discrimina. Cuando cada momento tiene un sentido por sí mismo no hace falta convertir nada del mismo en una fuerza que se proyecta en el mañana.

Cuando se acepta todo, cada imagen es tan soberana como el universo mismo. No se orienta hacia nada, emite su luz hacia todos los lados. No hay que compartir imágenes. Ni siquiera palabras. Hay que adoptar cada signo de forma encarnada para que la carne sea todos los signos en todos los momentos.

Cada cosa que uno piensa muchas veces con fuerza crea un surco en el cerebro. Resulta imposible no pensar que eso deja algún tipo de huella imborrable en el universo.