I.

No importan las cualidades hegemónicas, sino la subversión de la hegemonía que genera microclimas cuya interacción es caótica. Pero no hay nada más aburrido que la vanguardia caótica, como cierta automatización de la heterogeneidad que genera efectos imprevistos, formas emergentes cuya diversidad da lugar a un espectro de posibilidades marcadas por el signo de la contingencia. Tal ‘generatividad’ estética se convierte en el más alto simulacro de vida en una sociedad que comparte actos de percepción aleatoria. Del caos de sensaciones se pasa al caos del consumo, son equivalentes de modo tal que cuando algo surge aparentemente dotado de sentido llega ya siempre acompañado de su paréntesis, de su matiz, de sus modulaciones circunstanciales, de sus grados de literalidad, de profundidad y de ironía. Cada símbolo tiene todos esos registros. Vivimos en un universo de significaciones cambiantes en las que cada signo lo expresa todo. Nuestra capacidad de lectura es tan flexible que solamente nos haría falta una obra de arte cuya interpretación podríamos ir cambiando cada día. Esa obra caleióscópica puede transmitirnos tantos significados como nuestra pericia pueda provocar. Por eso vivimos bajo el reinado de una ambigüedad radical: no hay polisemia, sino mentalidades hiperproductivas, dispositivos intensivos de generación de sentido constante. El rechazo, la negación, la censura es una forma de producción. La destrucción documentada genera un aura inconfundible. Cada trozo de discurso añadido es una suma en ese maremágnum de desplazamientos y de arrastres. Ahora la imagen mueve la palabra, ahora la palabra mueve la imagen. Lo que está sobre el escenario es una fuerza proteica, variable, que adopta tantas formas como parámetros de recepción puedan promoverse, proveerse, postularse o privarse. El rechazo es una forma de aceptación en un sistema de fuerzas que todo lo recicla. Todo es una expansión, una exploración, una ampliación de lo vivible que, sin embargo, deja la vida donde estaba. Cuanto más lejos están los límites del terreno de juego más absurdo es el moviviento dentro de los límites. Cuando desaparecen los límites toda la vida es vida asimilada. Esto no es una excusa para promover delimitaciones artificiales, cualquier juego de poder no puede caer ya más que bajo el signo de la artificialidad. Quedan, sin embargo, esos puntos de fuga absolutos que el relativismo nos ofrece en su versión ‘construida’. Pero por mucha construcción o deconstrucción que se ejerza, la muerte, el amor, el tiempo, ejercen sus efectos de forma orientada. Son más fuertes que el discurso que extrae de los mismos matices y giros inesperados. La extición del arte es un hecho histórico invisible. Porque de cada manifestación cultural siempre quedan vestigios que apuntan hacia un cierto modo de pervivencia. Pero mientras las formas de fondo permanecen hay corrimientos al nivel de la estructura o el sentido. El arte convertido en una moda seguida por masas de late adopters tiene una carga vital completamente diferente. Es un eco que se mantiene gracias a lo políticamente correcto y las dinámicas económicas que blindan cualquier fenómeno de difusión masiva. Pero el arte está muerto, no pertenece al pasado, sino que se diluye en capas ahistóricas de la cultura, pues la propia historia se ha convertido en un motor de delirio estético. La legitimación de la estética es estética, una defensa retórica de la retórica, en evento del evento. Solo nos queda volver al mismo hueco originario, a la cueva, al santuario en el que lo que se pone en común no es una imagen, sino el resto inexpresable de nuestra fragilidad más íntima. A ese lugar en el que el poder no puede nada, porque lo único que está disponible es una vida que por sí misma no tiene ya otro valor que el vivirse. Lo sublime del arte es tan ridículo como el consumo suntuario cuando se pone en perspectiva cósmica. Si el misterio del arte es algo que todo el mundo comprende, ¿cómo puede seguir siendo un misterio? Mostrar signos de poder es arcaico, y arcaico será igualmente dar signos de inteligencia. Risible vanidad del mono desnudo que marca su terremo. Dejemos los espacios vacíos. Renunciemos a nuestras palabras. Recemos oraciones nuevas. Demostremos nuestra falta de poder, lleguemos a una racionalidad sin discurso. La unión de arte y vida ha fallado. Debemos renunciar al arte renunciando también a la vida, pero para salir al otro lado, a la otra vida, pera recuperar esa vocación humana que es la de ser seres de despedidas. El único proyecto posible es ese en el que se unen la búsqueda y la despedida. Bas Jan Ader lo vio con claridad.