Estirpe
I
Emparentado por el jeroglífico
de turba en un abierto campo
con la víctima estrangulada,
nido de amor en el helecho,
penetro en los orígenes
como el perro da vueltas
a sus recuerdos ancestrales
sobre la estera en la cocina:
se agita el suelo del pantano,
pía y cecea el agua
mientras piso al andar
juncos y brezo.
Amo esta faz de hierba,
sus negras incisiones,
los secretos recónditos
de procesos y ritos;
amo la primavera
que brota de la tierra,
de cada terraplén pende una horca,
cada charca
la desatada lengua
de una urna, bebedora de luna,
no para ser sondada
por el ojo desnudo.
II
Marisma, ciénaga, marjal:
reinos del légamo,
heredades de los de sangre fría,
de guaridas de lodo y huevos enfangados.
Pero pantano
que significa suave,
lluvia que cae sin viento,
pupila de ámbar.
Rumiante suelo,
digestión de molusco
y vaina,
profundo arcón de polen.
Despensa de la tierra y bóveda de hueso,
declive solar, embalsamadora
de votivas ofrendas
y fugitivos muertos por la espada.
Novia insaciable.
Tragasables,
muladar, cofre,
témpano de la historia.
Suelo que dejará al desnudo
su lado más sombrío,
suelo propicio al nido,
fondo de mi memoria.
III
Encontré un azadón
oculto en el helecho,
inerte y plano, ya cubierto
de una verdosa niebla.
Al levantarlo
los suaves labios vegetales
murmuraron y se abrieron,
un oscuro surco
descubriendo a mis pies
como una piel mudada,
el mango humedecido
mientras lo levantaba
y dejaba escapar
el vaho bajo el sol.
Y han hermanado ahora
ese obelisco:
entre las piedras,
bajo un mojón barbado
hay un nido de amor que es perturbado,
tiemblan la flor del algodón y del amento
cuando levantan
el hendido miembro de roble.
Me quedo al borde de los siglos
frente a una diosa.
IV
Este centro sostiene
y difunde,
sumidero y semillero,
una bolsa de aguas
y una tumba crisol.
Las madres del otoño
amargan y se hunden,
fermentos de hoja y cáscara
profundizan sus ocres.
Echan los musgos sus cabezas,
el brezo se reserva las semillas,
y los helechos
depositan su bronce.
Esta es la vocal de la tierra
soñando sus raíces
entre flores y nieve,
mutación de la atmósfera
y de las estaciones,
una fruta caída que estercola
el suelo en que se pudre.
Y yo crecí entre todo esto
como un sauce llorón
que se inclinara hacia
los apetitos de la gravedad.
V
Las cambas talladas a mano
de las ruedas de los carros de hierba
enterradas en el estiércol
del mantillo de turba,
el arco de cupido
del tablero del carro,
los bordes ahuecados
del pesebre:
yo deificaba al hombre
que por allí cabalgaba,
al dios de la carreta,
nodriza del hogar.
Y fui su acompañante
privilegiado, el que llevaba
el pan y la bebida,
el escudero de sus recorridos.
Cuando el verano agonizaba
y olvidaban el campo las mujeres
ya nosotros estábamos
despedidos y lejos.
Repara en nuestra marcha
bajando hacia los setos donde brillan majuelos,
mi varonil orgullo
cuando él habla conmigo.
VI
Y tú, Tácito,
observa cómo hice mi arboleda
sobre un antiguo palafito
cimentado por los terribles muertos:
una paz desolada.
Nuestra madre tierra
es acre por la sangre
de sus leales,
que yacen boquiabiertos
en su sagrado corazón
mientras desde las fortificaciones
las legiones observan.
Vuelve otra vez a esta
«isla del océano»
donde nada será suficiente.
Lee los inhumados rostros
de víctimas y bajas;
haz un informe ecuánime
de cómo asesinamos
por el bien común
y rapamos cabezas
de notables,
de cómo se traga la diosa
nuestro amor y terror.