Una noche me senté frente a la puerta de la catedral, en el gran banco que recorre la fachada del antiguo hospital de Santa María della Scala.

Tenemos que heredar cierta visión que se alza por encima de la costumbre. Algo que se proyecta con la misma profundidad hacia el pasado y hacia el futuro. Ahí tenemos que encontrar el espesor del presente. Invadidos por la intensidad del presente no somos nada. El presente no existe, es un punto crítico entre dos profundidades tan inexistentes como turbulentas y caóticas.

Nada nos garantiza el mundo de la vida. Dar la vida por supuesta es el peor de los errores filosóficos.