La esencia de uno mismo debe ser algo propio, pero nunca queda claro si se trata de un acto de libertad o de pasividad. Por eso cabe sospechar que tal esencia es al mismo tiempo un acto de libertad y de pasividad, y eso no puede pensarse más que como un acto de comunicación en el que es imposible distinguir una causa y un efecto. El hecho humano que más se acerca a esa idea es la mirada mutua. Los ojos que se miran son irrepresentables. Frente a esa situación los ojos de una tercera persona son siempre ciegos. Y no solo ciegos, también obscenos como un sol podrido.

La mirada mutua no puede mirarse. Es invisible, es irrepresentable. La mirada mutua no puede aprenderse, simplemente ocurre. Y solo puede ocurrir cuando nos desprendemos del ojo de la tercera persona. No debemos mirar ni con nuestros propios ojos.

La mirada mutua no tiene nada que ver con el deseo, ni lo provoca ni lo constata. Es un acto de existencia al margen de la economía de las pasiones.

La mirada mutua no es mirarse a los ojos. No es atravesarse ni compenetrarse. No es sincronizarse. En nuestro mundo la mirada mutua es simplemente ese punto en el que presencia y ausencia coinciden.