Se huye de la misma manera de la locura y de la lucidez. Vivimos en una zona intermedia, simbólica, una mezcla de locura y lucidez que representa lo que es compartible en máximo grado. En esa mezcla hay una marca social que representa cierta unión de progreso y fanatismo, de orden y fuerza. Es una plenitud más útil que vital. El progreso ilustrado, racional, transparente, burocratizante, tecnócrata y cosificador nunca dejó de ser una caricatura frente al ideal absoluto de la mistificación, del juego de disfraces mutuo en el que la razón se viste de pasión tanto como la pasión se viste de razón. El sistema es ese Gran Andrógino que recibe la herencia del Dios indefinido con tanta fuerza como proyecta sobre las sexualidades y los géneros una pulsión no binaria. Nuestras naturalezas aturdidas no son el resultado del discurso ideologizante de las izquierdas, sino de la estructura misma del capitalismo post-industrial en el que la razón tiene que ser pasional tanto como las pasiones racionales. La indefinición es lo más fluido, lo más intercambiable, lo que más rinde. Desde la plenitud de ese sistema no hay alteridad posible, a todo se le da la bienvenida. Se trata de un proceso irreversible frente al que solo cabe una salida: realizar la mezcla sin el sentido de la utilidad, sin el sentido del placer. Buscar las formas de integridad que están fuera del camino. La mezcla que defiende todos los extremos, la que no necesita una síntesis previa, ni un diálogo eficiente, la mezcla que mantiene perpetuamente la tensión de las oposiciones dando la bienvenida a cada síntesis como una oposición mas, pero dentro de lo mismo, no como una superación.