Dos ejercicios sobre la forma interior del tiempo.

Despierto. Me reencuentro en mí desde un estado de mí que era claro pero que ya no es claro ahora. Los sueños mezclados con la nada de nada carecían. Había suficiente realidad en ello. La claridad que tiene el despertar no se impone al sueño, al contrario, el sueño proyecta su pregunta, desafiante. Quiero que pase el día con toda su certeza práctica. Con el ejercicio de la nutrición, el aseo, la alegría. El día ha terminado. Vuelvo a dormir.

Despierto. Conozco las dos formas extremas, los únicos dos extremos concebibles y, por extensión, también todas las formas intermedias. De ese conocimiento surge un deseo que se manifiesta cada vez más posible. No querer que termine un día. Saber abrir las puertas del día interminable.

Hay cosas muy simples y difíciles de recordar. Cuando un radiador no está abierto o cerrado del todo es imposible saber hacia qué lado hay que girar la manilla para abrir o cerrarlo. Apunté en mi libreta el sentido del modo de cerrarlo. Toda la escritura, todo el pensamiento, toda la vida, debería poder reducirse a una consigna fácil y breve. Eso es lo que entiendo por forma de vida.