Es posible que las exposiciones de hoy en día nos digan más acerca de nuestra forma de ver la mirada que de la mirada misma. Y es posible que esto no sea así tanto porque haya un ejercicio de reflexión, sino porque han triunfado numerosas formas de fanatismo o ceguera.

Ver la mirada es un acto de inteligencia consciente. Quien lo realiza lo asume como un proyecto cargado de valor y lo defiende sin ningún margen de duda como su forma superior de visión. Pero basta un pequeño gesto para que esa perspectiva se desmorone: cuando miramos a la mirada que mira la mirada la dejamos desnuda, ingenua. En ese gesto se demuestra que no ha ejercido la vocación primaria de la vista (que no es tampoco ver la vida misma, sino vivir lo visto) y tampoco ha descubierto ningún mecanismo general o ninguna esencia de la mirada. Lo que hacemos cuando miramos la mirada solo tiene un nombre: categorizar. Eso apunta a un hecho trágico: la mirada de la mirada es siempre una mirada disciplinaria, al borde de lo totalitario.

Las tecnologías de la imagen han provocado un doble efecto de cuyo carácter destructivo tardaremos en darnos cuenta. Han fomentado la reflexión vacía sobre la imagen, la consideración repetitiva de los mecanismos icónicos actuantes al convertirse en instancias de un modo de consumo sometido a unas reglas similares a las de cualquier otro producto. Hemos logrado un grado de inteligencia y sensibilidad antes inexistente, pero hemos separado el objeto artístico del resto de experiencias vitales convirtiéndolo en un objeto de consumo. En otras palabras: tenemos un control mental que se corresponde con una pérdida vital igualmente incuestionable.

Esto es así porque hemos aprendido los gestos, hemos aprendido teóricamente las relaciones entre las imágenes y la vida. Hemos asociado la emoción de un cuadro a la emoción que pudimos sentir a través de una película o una fotografía. Hemos creado un universo de emociones autónomas que no tiene nada que ver con la vida.

La vida es ya la simple gestión de las imágenes. Una gestión eminentemente mecánica, con un margen despreciable de libertad, según la cual adaptamos nuestra capacidad para emitir imágenes (de nuestro cuerpo, de nuestras posesiones o de nuestras obras) a unos contextos icónicos que funcionan según la lógica de las avalanchas prefabricadas.

Los méritos y las virtudes son simples fases de formación de una imagen. El hecho de poder convertirse en imágenes es tan necesario como lo era antes la obligación que tenían las virtudes y los méritos de operar en un contexto de comunicación social en el que también estaba mediado simbólicamente.  Pero no se trata de una simple diferencia de grado. La invasión de la imagen en la esfera privada significa que nos hemos quedado sin las virtudes íntimas de las relaciones del tú a tú.

Así, el destino trágico del arte es separarnos cada vez más.