What power art thou…
Añorar el fuego es rendirnos en la provincia del hielo,
es cantar cuando el sonido imita el aroma, cuando el aroma
de las flores y las resinas más viejas de Siria penetran
en las raíces compartidas de este viaje hacia Oriente. Aquí
quietos, compartimos nuestro fin ignorando nuestro destino,
y la locura imparable se posa como una mariposa,
a punto de morir, en la frente del recién nacido.
Quizás ya somos la comunidad del nacimiento constante,
porque hay un cielo de almas salvadas en comunión
cuando se encuentran de repente todos los caminos
entre la tierra y la luz. Cuando el cuerpo
ha dejado de rendirse a las leyes de la vieja materia
porque ya se halla, en cada voz y en cada firmamento, ante la ley
perpetuamente nueva de la luz. Y, por fin, todo entre nosotros
es ya una bienvenida constante.
Eso es, creer en todas las creencias, ser
todas las cosas, todos los frutos, frutos perdidos
de los imperios que en aquella época
se desconocían. ¿En qué se diferencia la memoria que nace
de la que apenas sobrevive? Olas en la arena. Nunca sabremos
lo que en verdad se desvanece. No sabemos si allí
la esperanza se vive o simplemente se conoce.
Necesito perder ese recuerdo para que mis restos
valgan de verdad como la manifestación
de mi presencia. Necesito olvidar mis palabras
para que lo escrito se convierta en mi voz
y para que esa voz, vacía de sí misma,
hable por todo.