Cuando habitamos en lo alto,
allí donde el desprecio nunca existió.
Bajo los arcos blancos de los abismos celestes.
Con la gracia de las lluvias que riegan
los campos de los países sin nombre.
Como brotaron entre piedras las fuentes
de los inagotables ríos de la alegría.
Como inmensos océanos de paz
que empapan la extraña locura
de las selvas frondosas.
Como los himnos que aún tiemblan
en los nidos profundos del idioma.
Como el diamante puro del alma.