[a] Podemos preguntarnos qué es lo que uno desea cuando desea el paraíso. En el cuadro de Lucas Cranach los animales mantienen su calma ante el primer pecado. Si deseamos el paraíso en el fondo quizás lo que estamos deseando inconscientemente es nuestra peor equivocación.

[b] Puso la imagen de ese cuadro en aquel cuaderno sin saber todo lo que implica el paraíso. La tentación no es la manzana. La tentación es el paraíso mismo. El paraíso es la idea de que hay un orden en el que coinciden la paz de los animales y el amor de dos seres humanos. Se sintió afortunado cuando supo que aquel cuaderno iba a ser para ella. Eso fue muchos años antes de volver a encontrarse en una pequeña ciudad de Irlanda.

[c] Cuando comenzó a ir a Londres no recordaba que ese cuadro estaba allí.  En realidad no recordaba nada. Ni ahora recuerda lo que recordaba. Ni recuerda lo que ha ido recordando poco a poco. Quizás incluso había olvidado haber metido esa imagen del cuadro entre las páginas de ese cuaderno y que solo lo recordó cuando lo ojeó al meterlo en una de las cajas de la mudanza. Recuerda haber comenzado a pintar un cuadro de su jardín. Un cuadro que quedó sin terminar. No es más que un simple esbozo sobre un lienzo. Despegó la imagen del cuaderno para pegarla en el lienzo, por detrás. Pero ella no lo quiso, lo cual le pareció comprensible.

[d] Había dos manzanos en aquel jardín. Era incapaz de imaginar el paraíso de otra manera. Coger las manzanas. ¿Árbol de la vida? ¿Árbol del conocimiento?

[e] Es imposible decir lo que es significa una ciudad. Puedes hacer unas cosas u otras, pero en ciertas ciudades lo último que importa es lo que hagas en ellas. Lo que te hace crecer no son tus logros personales, no son tus acciones, sino el simple hecho de estar allí. Son lugares que transmiten un cariño y unas formas de alegría y de esperanza a través de los restos de otros seres que compartieron esas mismas emociones inexpresables y decidieron dedicar su vida a las mismas, de forma callada e inconsciente.

Se fue de Londres hace tres años. Escribó buena parte del siguiente texto en el tren yendo hacia el aeropuerto:

Cuando ocurre algo importante no es posible pensar en nada. El pensamiento ocurre solo cuando hay un margen de irrelevancia. Puede decirse que el pensamiento es, por naturaleza, irrelevancia. No porque dependa de cierto ocio o ausencia de trabajo, sino porque necesita librarse de lo que bloquea o acapara la atención. Necesita librarse de lo esencial. Si el pensamiento necesita espacios de irrelevancia cabe entender que la vida del filósofo debe ser, en consecuencia, la más irrelevante de las vidas. No podemos olvidarlo. La meditación apunta siempre de modo directo a un objeto concreto, pero de forma indirecta también a cierto aburrimiento, al margen de la irrelevancia en el que está destinado a encontrarse quien trabaja su pensamiento. Ese ser no se encuentra si no es dentro de ese margen. Es inevitable. Toda la reflexión que se dirija a un punto esencial no podrá dejar de estar marcada por la existencia de una forma u otra (pero siempre casi máxima) de irrelevancia. No soy capaz de pensar nada más en estos momentos.

[f] Cualquier cosa que estuviese pensando no podía ser menos que irrelevante. Si uno no puede expresar con palabras todo lo que ha vivido menos puede, por lógica, expresar todo lo que en un preciso instante está dejando de vivir.

Aún recuerda el picaporte de la puerta. Las escaleras. La luz de las escaleras. Has sido lo suficientemente patético para estropearlo todo aún más el último día y aquí estás, marchándote solo para que conozcas el dolor de saber ya mismo lo que eres a partir de ahora.

[g] Volvió a pegar la imagen del cuadro de Lucas Cranach en el cuaderno. Y junto con aquel cuaderno devolvió también algunas fotos que se había llevado. Eran fotos en las que aparecía él. Recuerda aquella cena. Sostener la puerta del portal al salir y verla pasar. Recuerda lo que pensó en aquel momento. Hubo varias fotos que no devolvió. En una de ellas aparecía con dos de sus amigos. Le ridiculizaban. Incluso cuando reconoce merecer haber sido tratado de aquella manera no puede dejar de sentir un desprecio profundo por ellos, porque sabe que su corazón está más podrido que el suyo y que, sin embargo, ellos fueron más apreciados por ser como eran. En realidad, eso le hace sentir desprecio por el mundo. No le enorgullecen esos sentimientos, pero tampoco intenta evitarlos. Rompió esa foto, pero guarda el negativo en algún sito. Tampoco devolvió la foto de otra persona a la que sabe que no volverá a ver.

[h] Hay efectos en cadena incontrolables. No volver a ver a nadie. Quien tome esa decisión siempre será mal visto.  Eso es bueno a estas alturas. Quien tome esa decisión debe justificarla de la peor de las maneras posibles, pero sin mostrar ni amistad ni enemistad. Debe ser un adiós vacío. No debe temblar el pulso. Quien toma esa decisión sabe por qué la toma.

[i] Prefirió ir a Jardín de Bóboli cuando él fue a ver los frescos de Masacio en Santa Maria del Carmine. Fachada sin terminar. En las fachadas sin terminar hay una forma extraña de belleza. Nos hacen pensar en lo bellas que podrían haber sido hasta que nos damos cuenta de que lo bello es precisamente que están incompletas. Lo inacabado es el wabi-sabi de Europa.

[j] Su sobrino nació el mismo día en que nació él. Nunca prestó demasiada atención a su nombre y, con cierto desdén, tampoco negó haber sentido cierto desánimo al verse desplazado en dicha fecha en el calendario de sus años futuros. Hoy se he dado cuenta de algo. El niño se llama Lucas.