Sería más fácil morir si de uno no quedara absolutamente nada, ni un recuerdo en otra persona, ni un nombre, ni una última voluntad, ni siquiera un cadáver.

— E. Canetti, El libro contra la muerte, p. 41.

 

[a] Pero si no quedase nada quedaría todo. Lo que queda tras una muerte perfecta en términos de restos es un hecho que tiene una validez universal: hay un ser único que falta, el universo está incompleto porque nada hay que sustituya eso que falta. Por cada muerte perfecta el universo arrastra una carencia perpetua.

[b] Esa carencia perpetua es la esencia del mundo. En la ausencia de los muertos hay una esencia cósmica que no puede expresarse mediante leyes físicas. Es inútil pensar que el mundo lo componen tales o cuales figuras astronómicas según tales o cuales marañas de energía que aquí o allí parecen solidificar y dar lugar a formas de vida más o menos rudimentarias. El azar material es ontológicamente inferior a la ausencia de los individuos muertos cuando se ha producido en ellos algo que los convierte en seres completamente diferentes a todo. Por eso único lo importante durante la vida es saber lo que nos hace diferentes. El universo no pierde nada con la muerte de una bacteria porque no hay una diferencia esencial entre cada ejemplar de bacterias.

Por eso, cuando una persona prefiere dejar de vivir con otra se justifica cósmicamente la muerte.

[c] Eso que queda, las consecuencias de nuestras acciones, ese eco cósmico que alguien cree que dejamos, ya sea una huella provisional en la historia o una vibración imperceptible en las entrañas más perdidas de la materia… Eso hace más fácil morir, porque sugiere que cuando uno muere al universo no le falta nada. Esa patraña sugiere que uno se transforma en restos sutiles que perpetúan una esencia.

[d] Cuando no queda absolutamente nada la ausencia es tan fuerte que hace temblar cada átomo restante. La energía del universo solamente es el temblor de las ausencias.